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NO SANITARIO, ¿SÍ IMPRESCINDIBLE?

Autor: Fernando Iglesias Ramos
Celador del Complexo Hospitalario de Ourense.

El desarrollo continuo, en el que se ve inmersa la sociedad, demanda que la tecnología se adapte al cambio, observando de una manera especial dicho avance en los hospitales, al ser la salud uno de los principales objetivos que se persiguen. Esta evolución, exige una mejora sustancial, en las profesiones y profesionales que desempeñan labores de atención al usuario, debiendo adecuar de manera rápida sus servicios a quien los demande, con el fin de ofrecer una calidad asistencial acorde al momento.

La profesión de celador, como muchas otras, camina ligada a este cambio, en la forma pero no en el fondo. Vigilantes, camilleros, mozos de sala, sanitarios, celadores, diversidad de nombres que marcan pautas en su quehacer a través de los tiempos, pero que todavía sigue escondiendo una idea preconcebida de "labor secundaria" desempeñada por alguien de nivel cultural "bajo", encargada de cometidos sin trascendencia dentro de la realidad hospitalaria.

En la forma, el celador es un/a chico/a para todo, situado en el último eslabón de la cadena sanitaria, del que todos se sirven y en el que algunos se escudan para enmascarar deficiencias de una mala organización o esconder errores. En el fondo, constituye un pilar básico, en el que se sustentan todo tipo de acciones, que tratan de dar cobertura a un objetivo común, el paciente, del que van a ejercer de cordón umbilical durante su estancia en la Institución Sanitaria.

Recibe al enfermo en momentos en que la fragilidad de ánimo es elocuente debido a la ausencia de salud, siendo dicha acogida el primer gesto terapéutico que va a recibir, y del que van a brotar una serie de sensaciones que van a poner de manifiesto la personalidad de nuestra profesión y de nuestro centro de trabajo.

No olvidemos la tan arraigada frase "La primera impresión es la que queda", me gustaría acompañarla diciendo, "la primera impresión, va a marcar las pautas a seguir, por un servicio de calidad, que comienza con una recepción empática, y prosigue proporcionando al usuario la confianza necesaria para poder abordar la situación de incomodidad en la que se encuentra, debido a la ausencia de salud o al desamparo en el que se ve envuelto ante la utopía que genera el Hospital".
Las empresas privadas, destinan cantidades importantes de su capital a las relaciones con el cliente porque saben que el contacto personal, es fundamental para lograr beneficios. Los hospitales, no son empresas con ánimo de lucro, pero aún así, las relaciones con el usuario quedan relegadas a un segundo plano, sino que tienen todavía más importancia, infundiendo a quien desempeña esta labor, una responsabilidad máxima, por estar en juego la personalidad de la institución y de todos los que la componen. Dicha relación, se configura como una actividad permanente y organizada, mediante la cual se trata de obtener y mantener la comprensión, la simpatía, y la colaboración, con aquellos con los que tiene o puede tener contacto.

Esa parcela en los hospitales, está bajo la responsabilidad del que por titulación y retribuciones, habita en el último de los pisos de la calle Personal No Sanitario, concretamente en el edificio Subalterno Nº 14.2 de nombre celador y conocido entre los vecinos de la Avenida Sanitaria como el "Certificado Escolar". A la vista de esto, uno puede preguntarse ¿No será una incongruencia abandonar tanta responsabilidad en alguien que a la vista de su identidad debiera realizar otras labores? La contestación nos la puede dar el paso del tiempo que ha ejercido de justiciero y lo ha ratificado año tras año en este puesto, invitando a la modernización a ocupar otros lugares en la institución con el fin de ofrecer una asistencia acorde al presente.

A parte de recibir, también logra compartir diariamente las inquietudes del enfermo al estar en contacto permanente con el mismo, alcanzando un grado de complicidad tan elevado, que le permite conocer situaciones ignoradas por el personal facultativo pudiendo ser éstas, tan cruciales para su recuperación, como los propios medios terapéuticos o medicinales (un problema familiar, algún miedo oculto, etc.), logrando ganarse el apellido de favor, con atención directa, pero sin desprenderse del lastre de No Sanitario.

Trasladar al enfermo, ayudarlo a moverse, servir de sustento cuando sus facultades están mermadas, despedirlo cuando se recupera y vemos reflejada la euforia en su rostro, o acompañarlo en su último viaje por el hospital y por la vida, son acciones, que al tiempo que se convierten en deberes, nos hace sentir orgullosos de poder desempeñarlos consiguiendo hacer recíproco un sentimiento cómplice de fidelidad, logrando contemplar en ello, que la verdadera amistad en la mayoría de las veces, no radica en el consejero, sino en el que ofrece confianza. Por otro lado, nosotros también aprendemos de esta experiencia divisando que lo más doloroso en un proceso, no es el dolor físico sino el dolor afectivo, o que el dolor que se calla es el que más duele, haciendo que tachemos frases del guión de nuestra vida tras comprobar in situ, infinidad de largometrajes, con distintos desenlaces ¿Agraciado o desgraciado tener butaca en primera fila?...

Ante todo esto…¿Se reconoce realmente la labor del celador dentro del hospital? Perplejo queda uno cuando lee en un diario " Se suspende una operación por falta de celador" "Sancionan a dos celadores por denegación de auxilio" etc. etc. tratando de inculparnos en problemas propios de una estéril burocracia, o de una mala organización, que van empujar a emitir un veredicto de culpabilidad a quienes desconocen la auténtica realidad, consiguiendo minar uno y otro día la paciencia del inocente. Me pregunto ¿ en que quedamos? ¿es tan importante entonces la labor que desempeñamos, como para llegar a tales extremos? De ser así, ¿por que no se reconoce como debiera nuestro trabajo?

No pretendo que se malinterprete mi postura, no quiero prostituir mi profesión, pero sí dar a conocer una realidad ciega, o mejor aún, una realidad que todo el mundo comprende y hasta está de acuerdo, pero a la que nadie es capaz de encuadrar en su lugar debido, incluido el celador, que derrotado en el puesto, se excusa en pretextos de impotencia para anquilosarse y no tratar de buscar el sitio que le corresponde. Tomemos protagonismo empleando la materia prima de calidad que poseemos hoy en día, para expulsar a los "okupas" del éxito que nos pertenece, avivemos la llama de esta profesión y conseguiremos que el bolígrafo del agradecido escriba nuestro nombre y nos haga participes del orgullo que conlleva haberle ayudado. Con ello no quiero ganarme el calificativo de egoísta obviando al resto de personal que forma la cadena sanitaria o usurpar méritos en su cometido ya que cada trozo, debe tener su parte, cada parte su misión y cada misión un único objetivo, pero en ello, no debiera haber diferencias entre SANITARIOS Y NO SANITARIOS, PRESCINDIBLES E IMPRESCINDIBLES.

Mientras tanto, la autosatisfacción en el quehacer diario, debe acrecentar nuestra autoestima, ya que la llave del éxito radica en el conocimiento del valor de nuestros actos debiendo ser los primeros en enorgullecernos de ello, y si seguimos escuchando "aplausos" y vemos que continúan dirigidos siempre en la misma dirección, no debemos bajar la cabeza y derrumbarnos al ver que somos los únicos olvidados, pues en una función, el silencio antes y mientras dura, es lo realmente cuenta. Echemos un vistazo a la historia, cerremos los ojos, y recordemos como llegaron los Reyes Magos a Belén, gracias a los camellos, pero…¿Alguien recuerda como se llamaban …los camellos? Quizás no, pero seguramente si llegaran con retraso, llegaríamos a conocer su nombre.

No desprendamos ningún eslabón de la cadena, la misión que tenemos los profesionales de la sanidad, es la de cicatrizar lo más pronto la herida, e imprimir fortaleza al corazón desvalido, abogando a que la unión por el objetivo, no la separe el nombre.